jueves, 5 de septiembre de 2013

Cuento policial para la clase del viernes 6/9


 El lugar que se relata en el cuento es real, La Cueva de los Verdes está situada en el Municipio de Lanzarote perteneciente a las Islas canarias
 (Sobre la costa Atlántica, en el norte de África, ver mapa aquí)


UN DIA DESPUÉS, de Vicente Battista (Adaptación)

Miré una vez más la foto: un rostro juvenil, de ojos grandes, labios sensuales y pelo negro. Era una belleza.
-Se llama Mercedes Gasset y va a estar en el hotel Los Faraones, el sábado, al mediodía, me dijeron.
Asentí con la cabeza. Me entregaron el cincuenta por ciento del dinero pactado y el pasaje de ida y vuelta a la isla de Lanzerote. Dijeron que confiaban en mi y que el resto lo recibiría al final del trabajo. Asentí otra vez y pregunté si habían pensado en un sitio en especial. Uno de ellos dijo que había una cueva cerca del hotel llamada “Cueva de los Verdes” y que ese tal vez podría ser el lugar adecuado y agregó que no me costaría mucho llevarla hasta ahí. Realmente me tenían confianza. Supe que era hora de despedirse. En un par de días tendría que volar a Lanzarote para encontrarme con Mercedes Gasset
No me interesaban las islas Canarias y jamás había estado en Lanzarote, sólo tenía una vaga referencia por un cuento que había leído hace tiempo en donde un hombre se encontraba con una mujer joven, para disfrutar de un fin de semana. También yo iba a encontrarme con una mujer joven, pero no iba a disfrutar del fin de semana; iba a matarla.
La vi en el lobby del hotel. Se paseaba de un lado a otro, indecisa; aunque no parecía buscar a nadie. Finalmente se acercó a la barra y pidió un vaso de leche fría.
No es el mejor modo de combatir la ansiedad – dije.
Me miró; sonrió levemente.
- ¿Quién le ha dicho que estoy ansiosa?
- No hay más que verte.
- ¿Psicólogo?
Habíamos roto las barreras. Dijo que se llamaba Patricia; por alguna razón ocultaba su nombre, debía cuidarme. Dijo que era española, más precisamente de Madrid.
-Uruguayo – mentí.
Establecidas las reglas del juego, entretuvimos la tarde hablando tonterías.
Si me prometés cambiar la leche por un trago, esta noche cenamos juntos- le dije.
Ella se río y aceptó la invitación.
La vi marcharse. Esa muchacha me gustaba más de la cuenta; mi oficio prohíbe ese tipo de gustos. Pensé que un whisky doble expulsaría el mal sentimiento, lo bebí de un trago, pero la muchacha me seguía gustando. Miré la hora, faltaban unos minutos para las siete. Acaso dormir ayudaría. Pedí la llave de mi habitación y le ordené al conserje que me llamaran para despertarme a las ocho y media.
Fue puntual, virtud infrecuente en las mujeres jóvenes y bonitas.
Dijo que no iba a beber. Le recordé la promesa; agregó que sólo bebería vino, durante la comida. Parecía una niña obediente; fuimos hacia la mesa.
Elegimos una exquisita carne de ternera, rociada con salsa de champiñones y acompañada de arroz blanco. Supe que en la bodega del hotel había Vega Sicilia y no vacilé: iba a ser su última cena; merecía el mejor de los vinos.
Quiso saber de mí y dije que no quería hablar mí. A la hora del café y el coñac, le confesé que me gustaba más de la cuenta y por primera vez, a lo largo de la noche, estaba diciendo la verdad.
Decidimos que fuese en mi cuarto. Estábamos de pie, junto a la cama y sólo nos iluminaba la luna; se oía el ruido del mar, pero ni la luna ni el mar me importaron.
Se recostó sobre mí y me cubrió con una ternura indescriptible. Era una pena quitar al mundo a una muchacha así; la abracé casi con cariño. Se quedó dormida de inmediato. .
Un par de horas más tarde ella abrió los ojos. Le pregunté si conocía la Cueva de los Verdes y le propuse una excursión a la mañana siguiente. Dijo que sí. No sabía que estaba firmando su sentencia de muerte.
Un simple estuche de máquina fotográfica fue el refugio ideal para la Beretta 7,65, con silenciador incluido. Tomé un café sin azúcar, de camino a la Cueva de los Verdes. Habíamos decidido encontrarnos ahí a las diez de la mañana. La descubrí mezclada con un contingente turístico.
Mis clientes habían sabido elegir el lugar: un cadáver podría permanecer ahí por largo tiempo, hasta que el mal olor de su putrefacción lo delatase. Pensé que ese cadáver iba a ser el de Mercedes y sentí un ligero malestar. Decidí terminar el trabajo de una vez por todas y me detuve, con la excusa de ver algo. El contingente siguió su marcha, ignorándonos. Abrí el estuche fotográfico.
- Aquí no se pueden sacar fotos – bromeó.
-No pienso sacar fotos – dije.
La Beretta en mi mano hizo innecesario cualquier otro comentario.
- No entiendo - dijo y había sorpresa en su espanto.
-No es necesario que entiendas – dije.
- Hay un error - dijo, casi suplicante
- Tiene que haber un error.
Dije que en estos casos nunca hay errores y apreté el gatillo. Se oyó un sonido corto y seco. Mercedes intentó decir algo, pero todo quedó reducido a un gesto de dolor y desconcierto. En mitad de su frente, casi a la altura de sus cejas, comenzó a bajar un hilo de sangre. Di un paso atrás y vi cómo su bello cuerpo se derrumbaba para siempre. Con ternura la llevé hasta el rincón más escondido de la cueva y la cubrí con cenizas de lava. Me sacudí las manos y la ropa y caminé rápido hacia donde estaba el contingente de turistas. Habían pasado menos de diez minutos. Nadie reparó en su ausencia.
Los pasos siguientes serían de pura rutina: debía desprenderme del arma y de la documentación falsa de mi identidad.
Entré en el hotel pensando en una ducha fría. Iba a pedir la llave de mi cuarto, cuando escuché una voz femenina...
- Me llamo Mercedes Gasset – oí - Hay una reserva a mi nombre. Tenía que haber llegado ayer pero el vuelo...
Giré la cabeza y la vi. Ojos grandes, labios sensuales y pelo agresivamente negro: era mi víctima, la real, que llegaba con un día de atraso. Pidió un whisky. Pensé en Patricia, sola en la Cueva de los Verdes, cubierta de ceniza de lava; sentí un odio feroz por esta impostora pero como decía Quincey, “no hay que dejar las cosas para el día siguiente”. Me acerqué y le dije que ése no era el mejor modo de combatir la ansiedad...


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